
Últimamente hay un gran interés por el tema de la manifestación del talento y la misión de vida.
Es, sin duda, un tema fascinante, pero creo que es importante preguntarnos qué está realmente moviendo nuestra búsqueda.
A menudo, un sentimiento de insatisfacción es la primera señal que llama nuestra atención.
Puede ser una sensación de incoherencia entre lo que somos, nuestros valores actuales, y el lugar o situación en la que nos encontramos.
Podemos sentirnos desmotivados, vacíos, como si nada nos apasionara realmente, lo que nos lleva a dudar de tener un talento y a preguntarnos por el sentido de nuestra existencia.
O bien, podemos tener múltiples intereses, pero estar confundidos sobre cuál de nuestras pasiones habla verdaderamente de nuestra misión.
Creo que cada una de estas situaciones merece su propio recorrido.
Sin embargo, el denominador común puede ser la desconexión con nuestro centro, con nuestra esencia.
Desde esta perspectiva, la misión de vida es la última etapa de un proceso de evolución de la conciencia, un camino de maduración personal que va más allá de la edad biológica.
Por ejemplo, no podemos entrar en resonancia con nuestra misión si antes no hemos ubicado correctamente nuestra necesidad de complacer, de pertenecer, de sentirnos vistos y amados.
Si lo que está fuera es reflejo de lo que hay dentro, entonces aquello que encontraremos en nuestro camino será proporcional a nuestra capacidad de aceptarnos tal y como somos.
Por eso, no podemos iniciar esta búsqueda desde la queja o desde la necesidad de validación externa.
Si en el trabajo o en nuestra familia no nos sentimos reconocidos, preguntémonos primero:
¿Qué es lo que no me reconozco a mí mismo? ¿De qué siento que no soy digno?
Para estar en coherencia con nuestra misión de vida, es necesario contactar con lo que menos nos gusta de nosotros, con aquello con lo que estamos en conflicto, con la sombra que hemos relegado al sótano interior.
Superar el miedo, la vergüenza, la repulsión… y aventurarnos precisamente allí, para recuperar una parte perdida de nuestro ser que muchas veces oculta un potencial olvidado: la llamada sombra dorada.
Como dice Laila Marinelli:
“Los humanos somos portadores sanos de nuclearidad.
Cada uno posee un centro de luz palpitante dentro del envoltorio energético que el cuerpo expresa.
Al palpitar, ese centro irradia latidos, notas musicales, un ritmo que determina una esencia.
Ser felices es la consecuencia de la fuerza expresiva que damos a esa esencia.
Reconocerla y honrar su intensidad, más allá de la necesidad de sentirnos amados o aceptados, significa ser fieles a uno mismo y a la propia misión de vida.”
Paradójicamente, conviene recordar que, desde el momento en que nacemos, no hay un solo instante en que estemos realmente desalineados de nuestra misión.
En realidad, se trata de un florecer lento, inevitable y natural.
Porque el camino es la meta.
Por esto te invito a abrirte a este camino con otra perspectiva:
camina no para buscar, si no para saborear cada paso con presencia, para darte cuenta que detrás de ti ya estás dejando unas huellas únicas y para permitir que lo que te está buscando te encuentre. A veces solo basta con estar atentos y darse cuenta que ya tenemos todo lo que necesitamos en nuestras manos.
Si algo de lo que has leído te resuena y te gustaría profundizar en ello, contáctame sin compromiso:
